miércoles, 29 de octubre de 2025

LOS INMEMORABLES: Todo destino es evanescente


Por el Buenos Aires que alguna
vez caminaron Alan y su Isla.
Podría definir Los Inmemorables como una novela que incluye varios géneros y subgéneros. Podría decir que es, ante todo, una novela psicológica, ya que, a través de los diarios del personaje principal, la historia va desarrollándose. En dichas entradas, el protagonista refleja sus dudas, su culpa, su amor, sus indagaciones sobre el pasado y ese futuro que no llega a ver. También reflexiona sobre sus decisiones pasadas y sobre cómo su vida se ha encaminado de la forma en que está.

La estructura de la novela fue lo que me convenció finalmente de escribirla. Tenía algunas ideas sueltas, algunos microrrelatos, pero después de pensar y pensar, encontré una forma que me resultaba cómoda. A estas alturas, como escritor, necesito la máxima comodidad y conozco tanto mis debilidades como mis fortalezas a la hora de escribir. Por eso planifiqué una estructura que me resultara funcional para poder desarrollar la novela.

Lo que hice fue construir primero la estructura, el principio y el final, y luego desarrollé una especie de documental literario. Si lo extrapoláramos a un film, este libro estaría estructurado como un conjunto de testimonios intercalados con los diarios de Alan, el protagonista de Los Inmemorables. De esta manera, se presentan dos hipótesis, la inicial y la final, y entre ambas se intercalan los testimonios de quienes vieron a Alan atravesar América junto a su niña, además de las entradas de su diario íntimo.

Así, la novela adquiere un tono introspectivo, ya que permite acceder directamente a los pensamientos de Alan a través de su diario personal, al mismo tiempo que se contrastan las hipótesis construidas a partir de los testimonios recogidos. La historia culmina en un evento histórico, y la hipótesis final resulta tan inesperada como inevitable, dada la trayectoria del relato.

Los Inmemorables es un libro que bucea profundamente en la psicología de un hombre que se ha aislado de la sociedad, que ha elegido la soledad y vive en un pueblo apartado, lejos de un mundo que considera monstruoso y destructivo. Sin embargo, esa soledad se ve interrumpida cuando, en uno de sus paseos solitarios por el pueblo costero, se encuentra con una bebé abandonada en la basura. La niña aún está con vida, ensangrentada y con el cordón umbilical adherido. Alan la toma entre sus brazos, la lleva corriendo a su casa y, desde ese momento, la cura, la cuida y decide quedarse con ella sin avisarle a nadie.

El tiempo empieza a correr, pero, después de algunos meses, cuando surgen sospechas de que alguien está buscando a la niña, Alan decide emigrar desde la costa atlántica hacia la ciudad de Buenos Aires. Allí las cosas no van del todo bien, por lo que emprende un viaje para salir del país. Finalmente lo consigue, y así comienza una odisea por Sudamérica que los llevará hasta un final impensado, tanto para ellos como para el lector.

Contrariamente a lo que su título sugiere, con este libro intenté escribir una historia memorable.



lunes, 8 de septiembre de 2025

Cinco años publicando.

Han pasado cinco años desde que decidí publicar de forma constante. Muchos más desde que comencé a escribir. Hoy, aquel debate sobre ser o no ser un autor autopublicado —o independiente, como aún se le suele llamar— me resulta lejano, casi ridículo. Ya no soy ni un autor dependiente de una editorial ni un autor independiente: soy simplemente un autor.

Ese debate sinsentido sobre si uno se publica solo o si debe esperar el llamado de una editorial pertenece a otra época. A la del escritor novato, temeroso, que envía manuscritos y se arrepiente, que espera ser validado por “alguien” para recién sentirse escritor. Yo ya no vivo ahí.

Si no hubiera tomado la decisión de publicar por mi cuenta en plataformas como Amazon, de buscar lectores, de difundir mi obra por redes sociales y medios virtuales, habría perdido cinco años esperando una aprobación que quizás nunca habría llegado. ¿Y para qué? ¿Para conseguir, en el mejor de los casos, un 5% de regalías por cada librito vendido? No, gracias. 

Soy un hombre sencillo con ciertas complejidades. Y con cierta fobia a la autoridad y el control.

Así pues, me satisface haber tomado el camino de la acción. De haberme lanzado a publicar lo que escribo, sin filtros, sin plazos, sin censura, sin esperar permiso. De haber sido absolutamente libre. Por otra parte, el anonimato, o, ser leído por pocos, me mantiene activo y creativo, que no es poca cosa.


Escribir sin permiso

Estos cinco años han sido una aventura intensísima. Los he vivido, casi por completo, dedicados a la literatura. He escrito, desarrollado textos, y explorado todos los formatos posibles: aforismos, reflexiones, novelas cortas, cuentos, microrrelatos, sentencias, poesía… y otros géneros sin nombre que, quizás, me encontraron a mí.

No sé cuánto valor tiene lo que he escrito, pero lo hice sin censura, sin editores, sin fechas de entrega, sin nadie corrigiéndome o limitándome. Lo hice como quien camina por la calle, observa, reflexiona, escribe, aprende, se equivoca, corrige, vuelve a publicar. Lo hice como quien se busca y se encuentra. Como quien defiende la libertad a muerte.

Esa ha sido mi manera de absorber, desarrollar y cultivar mi creatividad: con pasión, con brutalidad, a veces con una violencia emocional que, aunque dura, me permitió acceder a ciertas verdades que de otra manera no habría conocido.


Evolución y obra publicada

Después de ese primer período de cuentos en 2020, 2021 y 2022, donde nació La fábula urbana, llegó El suelo atomizado, que considero mi mejor logro en cuanto a literatura breve. Una miscelánea que resume una etapa completa.

Luego vinieron intentos de novela corta: La bestia Novel y La gente mirando el crepúsculo, obras introspectivas y experimentales que no tuvieron demasiada trascendencia. Pero en octubre de 2024 llegó una transformación personal y espiritual que dio origen a Universos condensados (obra que me dio la sensación de que se escribió sola, que me utilizó solo como un vehículo, y es por eso le tengo el mejor aprecio)

El 2025 fue el año más productivo. Descubrí una disciplina nueva, aunque limitada: no dura más de 40 días. Esa fue mi medida. Por eso nunca escribí novelas de más de 120 páginas, pero sí pude renovar mi disciplina en varios ciclos. Así surgieron algunas novelas cortas en un solo año:

El mirador de los cuerpos fríos

• La superstición

• Los inmemorables 

Estas obras nacieron de un objetivo doble: sí, había una intención comercial, pero también un profundo deseo de no subestimar al lector. Quería ofrecer entretenimiento genuino, pero con profundidad. Y a través de eso, atraer a nuevos lectores hacia mi verdadera especialidad: los cuentos breves, los microrrelatos, los aforismos. Ahí es donde habita mi yo artístico más puro.


Lo que no soy (y quizás nunca seré)

Todavía no ha sucedido —y quizás nunca suceda— esa gran novela de 300 o 400 páginas. No sé cómo escribir algo bueno en tantas páginas. Mi creatividad y disciplina se rinden alrededor de la página 120. Me duele reconocerlo, porque muchos grandes autores han usado esa estrategia: publicar “la gran novela” para que el lector llegue luego a sus cuentos. Pero yo no puedo (ni quiero) escribir 500 páginas de relleno solo para arrastrar a alguien hacia lo que realmente me representa.

Quizás algún día me atraviese una historia tan potente que me obligue a escribir más. Pero hoy, no lo veo factible. La disciplina es un trabajo arduo. Y en la vida, no he sido disciplinado en casi nada. Ser un trabajador del arte es extremadamente difícil. Casi imposible para un ser como yo, que crea de forma espontánea, en papeles sueltos, notas de voz, blogs, archivos en el celular, frases en la palma de la mano...


Conclusión

A pesar de todo eso, me queda una pequeña felicidad: la de haber logrado estos cinco ciclos de disciplina que dieron como resultado cinco novelas cortas, con impacto, con lectores. No son obras maestras, pero son reales, honestas, completas.

Así culmino estos cinco años de trabajo literario. Prósperos, a su manera. Intensos. Completos. Cinco años en los que hice absolutamente todo: escribir, corregir, publicar, difundir, buscar lectores. No hay nada más que pueda pedirme.

Ahora, los días y las caminatas silenciosas en una ciudad a puro ruido me invitan a compilar algunas sentencias sueltas, perdidas, que encontré y que han envejecido con dignidad. A las que se me ocurre ir agregándole lo que el futuro arroje; y ya huelo el regreso de los buenos tiempos, aquellos sin disciplina ni promesas. Otra vez, reafirmo que los caminos son circulares. Pues nuevamente estoy parado sobre el antiguo punto de partida: la libertad. Artísticamente hablando, agotarlo todo, hasta saber quien uno es: eso es crecer. Así es el proceso para que la reinvención emerja, y no sea una simple repetición disfrazada.


sábado, 26 de julio de 2025

Escribir: misterio y caos.

Cuando muchas ideas empiezan a pesar y buscan reunirse en un mismo universo, sé que ha llegado el momento de comenzar un libro.

Y es justo ahí cuando sé que debo entrar, una vez más, al Caos.

Se presenta el vértigo.

"¿Por qué hacerlo?... ¿Por qué no?"

En ese instante, aquello sin forma no es más que un Caos: un misterio a develar. Esa es la instancia que precede a la escritura de un libro.

"¿Acaso esto puede cambiar mi vida… en un sentido profundo?"

Varias veces me arrojé al Caos, y cada vez el temor fue más leve.

Por otro lado, hay un componente adictivo. No olvidemos la naturaleza mecánica de la mente; un elemento que genera satisfacción y libera sustancias agradables siempre será perseguido.

En definitiva, todo lo que ayude a acompañar este viaje tan extraño es bienvenido —y mucho más si se puede compartir, si se puede utilizar para dejar algo en la vida de los otros.

Con la experiencia, uno aprende que, tras atravesar ese Caos —ese evento sin forma que luego tendrá un sentido, un nombre y un destino—, saldrá más liviano, si la catarsis se realizó adecuadamente.

Con algo aprendido. Algo sanado.

Y más libre. Eso seguro.


viernes, 13 de junio de 2025

La Superstición

 
Con La Superstición profundizo aún más en mis inquietudes sobrenaturales.
Después de El mirador de los cuerpos fríos, me quedaron algunos asuntos pendientes —literarios y personales—, por lo que me pareció conveniente desarrollar esta nueva novela y expandir el universo de misterio e intriga que ya venía explorando.

No estoy seguro de haber completado ese universo, pero sí siento que la visión ha cobrado dimensiones más importantes y trascendentes con La Superstición. No es una secuela de El mirador de los cuerpos fríos, pero sí se expresa en un tono similar, por así decirlo. Esta novela, sin embargo, es mucho más íntima en cuanto al desarrollo de los personajes. La atmósfera cobra un color más oscuro, con tintes psicológicos y dramáticos. A su vez, indaga en los vínculos familiares, en los miedos, en los sentimientos hacia la sociedad.

Esta ficción explora la percepción de aquello que nos afecta desde afuera: los monstruos engendrados por la sociedad misma, todo bajo la mirada de dos ermitaños: Charly y su abuelo.
En este relato busqué explayarme sobre las distintas formas que tienen los seres humanos para enfrentar sus temores: asegurarse de tener creencias, supersticiones, o de disponer de herramientas que los convenzan de que el mundo no es un lugar tan hostil. En ese sentido, logré construir una ficción introspectiva e inquietante, que más allá de lo sobrenatural, se sostiene en un realismo profundo.

Esta novela me ha dejado conforme con su mensaje. Creo que tiene una prosa fluida y atractiva. No estoy seguro de haber cerrado este círculo de inquietudes personales sobre la vida y la muerte, ni tampoco puedo asegurar si permaneceré en este género o volveré a una ficción más clásica. Pero La Superstición me ha dejado una paz más expansiva.

Este libro, además, nació de un relato: Los leopardos, que escribí allá por 2021, y que durante cuatro años permaneció como un cuento incluido en La fábula urbana. Por eso vuelvo a decir, como lo mencioné en otra ocasión, que en La fábula urbana habitan casi todas las historias que pueden convertirse en novelas. No digo que vaya a estar revisitando ese libro durante toda mi vida, pero, ¿por qué no? Tal vez mi próxima historia también surja de uno de esos cuentos que suelo tomar y expandir en una ficción más grande.

Por ahora, no lo sé.
Pero Los leopardos ya no existen. Ahora existe La Superstición.

lunes, 19 de mayo de 2025

La Fábula Urbana

La fábula urbana es un compendio que reúne mis dos primeros libros: Cuentos modernos (2021) y Relatos de la intemperie (2022), títulos que he decidido despublicar y agrupar en este volumen, ahora en 2025. A la distancia, cuatro años después, puedo notar que ambos libros transitan un mismo universo, con una misma línea narrativa, un estilo compartido, búsquedas comunes, y afinidades en cuanto a géneros y temáticas. Por eso, me pareció prudente —y esencial— reunirlos en un solo tomo, más robusto, que finalmente ha quedado en un libro de 260 páginas.

Este nuevo volumen contiene relatos, microrrelatos, metaficción, existencialismo, filosofía, y una vasta exploración de la literatura. Así, aquellos que fueron mis dos primeros libros se convierten ahora en mi último libro, pero con un lavado de cara. Esta nueva edición, creo, fideliza de mejor manera aquella época, dejando reunidos todos esos cuentos en un solo libro: La fábula urbana.

A lo largo de estas páginas —ahora, con el tiempo transcurrido— puedo aseverar que se despliega toda mi imaginación inicial, aquella que más tarde daría lugar a mis novelas breves y otras historias. En esos primeros textos está el gérmen de todo lo que vendría después. Sin ir más lejos, debo confesar que algunos de los relatos que hoy son novelas nacieron como cuentos aquí. Los capturé, los robé, y los transformé en novelas. Por supuesto, fueron retirados de sus versiones originales.

Puedo constatar, entonces, que La fábula urbana contiene completo mi universo literario. Es un libro al que seguiré asaltando cada vez que las ideas se me agoten. Es indispensable. Esencial. El corazón de toda mi obra.

viernes, 16 de mayo de 2025

Un relato corto

 LA SUERTE DEL PICHÓN  

(La fábula urbana)


Los bancos de niebla se tragaban el camino negro. La humedad del amanecer, aún fresca, se arrastraba por las calles cerca de La Noria, y allí, entre los hombres que ya comenzaban a moverse hacia sus trabajos, avanzaba Victor. Su paso era lento, pero firme, como el de quien ha aprendido a caminar con la paciencia de los años. Un septuagenario calvo, con una barba de cuatro días que parecía dibujada con precisión, se iba aproximando a su antiguo barrio, Lomas de Zamora. Desde hacía ocho meses, su vida había quedado confinada en un geriátrico, donde, según su hija, debía pasar sus días entre abuelitos que jugaban a las cartas y contaban historias de otros tiempos. No era que Victor estuviera en malas condiciones, ni mucho menos. Su salud, envidiable para su edad, le permitía andar con la energía de un hombre más joven. Lo que realmente le pesaba no era la soledad, ni la falta de compañía; lo que lo atormentaba era la sensación de haber sido relegado, encerrado en una jaula dorada, un lugar que no tenía nada que ver con su vida de antes, una vida llena de libertad y movimiento. Cada noche, mientras el resto de los ancianos dormían, él trazaba en su mente su fuga, sus planes detallados como si fuera un joven en la clandestinidad. Y un día, al fin, sucedió: cruzó la puerta del asilo sin que casi nadie se diera cuenta. La libertad se sentía como una brisa fresca en su rostro. Pensó en comunicarse con Lina, su hija mayor, o con Ester, la más joven, para explicarles que no era necesario que se preocuparan, que él alquilaría algo por allí, que no necesitaba estar custodiado como un niño. ¿Qué les iba a decir? ¿Que la vida le había otorgado aún más tiempo y que no pensaba desperdiciarlo entre las paredes de un lugar que no podía llamar hogar?

Quizás temía que lo comprendieran demasiado bien, o tal vez no quería que su huida fuera vista como un abandono. Lo cierto es que Victor prefería callar y caminar, sentir el crujir de la tierra bajo sus pies, y por un momento, solo por un momento, recordar lo que era sentirse realmente libre.

Y así, sin más, el viejo pateó confiado para el lado de Lomas; él iba tranquilo catando las miradas esquivas, los empujones de la gente queriendo abordar en los bondis, el humo de las tortillas, los insultos entre automovilistas y todo ese libertinaje absurdo de la metrópoli.

Victor pensaba en el pichón, así había apodado a su ruliento vecinito de cinco años; un crío que le daba mucho más que sus inasibles nietos adolescentes. Por eso Víctor, sintiéndose en retirada,  le daba un agudo valor a esa pequeñez y a la inocencia como nadie. Llevar a la plaza al muchachito de la casa lindera, comprarle garrapiñadas, y cosas así, conectaban a Victor con las sensaciones simples de la vida. Él, allá en sus tiempos mozos, fue tambero, carbonero, trabajador golondrina, y también se deslomó en la curtiembre en las afueras de la ciudad. Las idas y venidas más una  súbita viudez a los veintinueve años, lo empujaron por otros pagos hasta que se enganchó con una porteña. Y de las siguientes tres décadas, se puede decir que el linaje de Victor se ramificó por casi todo Lomas; tres hijos, uno muerto a los veinticinco años por un accidente con la moto, doce nietos, cinco bisnietos; pero aún así ningún baño caliente podía sacarle el frío de la soledad que lo acompañaba.  Hay que resaltar que otra vez la muerte le había arrebatado, en esta ocasión, a su segunda esposa, ya hacía siete años. Aquél evento, desgraciadamente más anunciado que el primero, había dividido las aguas entre los familiares.

Victor caminó bastante, caminó prudente; se sentó en una plaza, se miró las manos como quien examina un recuerdo y allí se templó junto frescor de ese mediodía. Al rato se enchufó un vinito en un bodegón que él conocía bien:

—¿Se da cuenta que no hay más gorriones Don Victor? —le preguntó un borracho mirando hacia la calle.

—Si, si. Lo vengo notando. Hace más de diez años que los fumigaron o…vaya a saber. Las torcazas tampoco se ven tanto ya —hizo una pausa y miró el reloj de la pared—. Lo que pasa mi amigo es que la plaga somos nosotros. Que tenga un buen día.

Victor, conocedor de esos mamados franeleros, puso la guita en el mostrador y se tomó el palo.

Unos minutos después, Victor se encontraba en el centro de Lomas, ya a unas diez cuadras de la casa de Lina. Su paso continuaba marcado por esa lenta cadencia que tan bien lo conocía, como si no tuviera prisa, como si el tiempo le perteneciera. El tráfico era un caos; los autos se amontonaban, los bocinazos se entrelazaban con el rugir de los motores, y la ciudad parecía retener la respiración en medio de su agitación. 

Victor, acostumbrado a moverse entre las prisas ajenas, no aceleró su paso, pero se mantuvo alerta, y llegado a una esquina puso la mirada fija en el semáforo en rojo, esperando el momento exacto para cruzar. Fue entonces cuando su vista se desvió hacia la intersección. Un motociclista, impetuoso y cegado por la luz amarilla, aceleró para no perder el paso, y al mismo tiempo, una camioneta que se aproximaba desde el otro lado no logró frenar a tiempo. El impacto fue brutal, un estruendo que pareció paralizar el aire, un choque tan violento que las personas a su alrededor se detuvieron en seco, como si el tiempo hubiera colapsado. El sonido metálico de la colisión retumbó en los oídos de todos, y en un instante, la escena quedó bañada en una especie de quietud, como si el caos momentáneo hubiera dejado a todos atónitos, incapaces de moverse.

Victor, a pesar de su edad, fue el primero en reaccionar. Con paso firme, aunque sin prisa, se acercó al joven tendido en el pavimento. El muchacho estaba inmóvil, su cuerpo estaba contorsionado en un ángulo extraño y tenía los ojos entrecerrados por el dolor. Victor se agachó a su lado, sintiendo la fría humedad del asfalto bajo sus rodillas. Le tocó la frente, fría y húmeda, y le sintió la respiración débil, apenas perceptible. Aquello le hizo sentir un nudo en el estómago. No pudo evitar que una imagen, casi nítida, se le interpusiera en la mente: su hijo Manuel, joven, en la misma postura, muerto en la misma calle años atrás. Su cuerpo se tensó por un segundo, pero rápidamente se obligó a centrarse en el presente.

La gente, temerosa, se agrupaba alrededor, cuchicheando entre sí, pero nadie se atrevía a acercarse más. Victor, sin embargo, no perdió el foco de su atención. Fue cuando vio que el joven, a duras penas, levantó una mano, señalando algo cerca de la moto. Un bolso, que reposaba junto a la rueda del vehículo, estaba allí, visible y olvidado en medio del desastre. Sin que nadie lo notara, Victor, con una rapidez insospechada para su edad, extendió su mano y lo tomó. El bolso estaba entreabierto, y, al mirarlo con más detalle, un par de fajos de billetes verdes se asomaban por el cierre. Un resplandor de dinero, inesperado y sospechoso, lo hizo vacilar solo por un instante. Alzó la vista y encontró que los curiosos no lo veían a él .

En un parpadeo, Victor actuó sin dudar. Sujetó el bolso con firmeza, como si fuera suyo, y, al hacerlo, vio que el joven herido se movió un poco, apenas un espasmo involuntario. Su buzo se levantó por un segundo, y Victor no pudo evitar notar lo que llevaba en la cintura: un revólver, de acero pulido, encajado firmemente en el pantalón del muchacho. El silencio se rompió con la cercanía de la ambulancia, el sonido inconfundible de sus sirenas retumbando cada vez más cerca. En un impulso, Victor se inclinó nuevamente sobre el joven, como si intentara arroparlo, y con un gesto rápido y calculado, deslizó su mano hacia la pistola. Sin que nadie lo viera, la extrajo y la guardó en el bolsillo de su abrigo con la misma calma con la que había tomado el bolso.

El murmullo de la multitud comenzó a crecer, los cuchicheos de la gente se mezclaban con la creciente presencia de los paramédicos. Y la ambulancia frenó bruscamente frente al lugar del accidente.

—¡Pibe, pibe!, ¡Aguantá nene, aguantá!—el muchacho realmente muy mal, con evidentes fracturas en sus piernas y mucha sangre que brotaba desde algún lugar.

Victor supo que tenía que acompañarlo; el pibe lo miraba fijamente cuando los enfermeros lo subían a la camilla, y allí fue cuando resolvió no abandonarlo. Se fueron todos para el hospital.

Una vez internado, el muchacho quedó con un pronóstico reservado y poco esperanzador. Las autoridades del nosocomio intentaron por todos los medios encontrar a los familiares  pero no tuvieron suerte. El pibe no portaba documentos ni teléfono. Victor se paseó por los pasillos y los médicos lo consultaban a él y le pedían que no se vaya, que aguarde por un rato más. En el baño, revisó bien el bolso y respiró bastante hondo cuando vio esa pequeña fortuna descansando en su regazo. El fierro no lo sacó, estaba en su bolsillo izquierdo.

Una hora y media después, le pidieron a Victor que se acerque al muchacho. Previamente le comentaron que sus heridas internas eran muy graves y que no se podía hacer demasiado ya.

Así que entró a la terapia, como lo había hecho veinte años antes para ver a Manuel, y notó que el joven lo miraba y lagrimeaba. El muchacho intentaba hablar pero no podía. Victor se sentó junto a él y dejó el bolso en el piso, entre sus pies. Se miraron. El viejo tocó su mano, su frente. 

 —Quedate tranquilo —le dijo—, que tu botín te lo voy a guardar bien. No seas bola, podés hacer una vida diferente.

El muchacho lo miraba compungido bajo su sedación.

Casi sin proponérselo, Victor le contó algunas historias de cuando él era joven y le habló del significado de la vida, lo alentó. Ahí, junto a la catrera, lo llenó de paz, de redención.

—¡Me quema…!—dijo el pibe bruscamente— Mi mamá…, mamá —y  eso fue lo último que balbuceó. 

Victor llamó a las enfermeras con un par de gritos, ya no se podía hacer nada. Luego se alejó hacia la puerta muy dolido viendo como inútilmente intentaban reanimarlo. Salió al pasillo y se fue. Lejos de magullarse el alma por lo ocurrido, el viejo apuró el tranco cargando en su hombro derecho el bolso que se había adjudicado; y así, sin renegar de una amarga felicidad, se perdió nuevamente por las callecitas.

Al mismo tiempo que él se trasladaba a lo de su hija, Maxi, el pichón, salía con su madre para lo de su tía. El niño llevaba su oso de peluche favorito bajo el ala. ¿Acaso el azar reuniría a estos dos compañeros de tardes en la plaza?

El aventurero nunca cambió su marcha, y ya en la profundidad de su conocida barriada, se le animó a los empedrados. Enfierrado y con toda la tarasca encima, este caminante se permitió divagar en las opciones de su futuro apremiante. Él iba tejiendo confianza nomás. Y cuando optó por subir al cordón para doblar en una esquina, un alboroto proveniente de ahí a la vuelta, lo turbó enseguida; así que trotó unos pasos para ver que lo sorprendería en la otra calle, y  se trataba de algo que sus ojos nunca hubieran querido apreciar: Maxi, el pichón, estaba siendo brutalmente atacado por un perro Pitbull. Su madre lloraba y se desgañitaba pidiendo ayuda. Un hombre intentaba patear al animal. El feroz perro sacudía el cuerpo del pequeño como si fuera un trapo; lo tenía agarrado entre el cuello y el hombro. Victor, inmóvil, se agitó, separó sus manos y se concentró en la demencial secuencia; después hizo unos pasos y se dio cuenta de la sangre en el piso y de la bestialidad con la que el animal masticaba al pobre pichón que ya casi perdía el conocimiento. Entre los gritos de la madre, el hombre, y los vecinos que comenzaban a salir, Victor se enfocó en el blancuzco lomo del perro; luego llevó su mano al bolsillo y no dudó más, sentenció el final de la fortuita desgracia con un disparo certero en la espina del atacante. El perro emitió un gemido y se desplomó hacia el costado. La madre, agobiada, agarró al chico que aún respondía; el hombre, ese que intentaba ayudar, lanzó unos sollozos al cielo y se arrodilló junto al can, allí nuestro héroe supo que era el dueño de la mascota. Se trataba de “Cata” una perra Pitbull blanca de casi 40 kilogramos que se había escapado, y en su raid, el oso de peluche de Maxi había atrapado su atención, ya que esta fiera solía ser entretenida despedazando muñecos que su negligente amo le ofrecía.

En el centro del desmán, Victor otra vez caminó hacia atrás y se dio a la deserción, solo cruzó una mirada con el pichón antes de la irremediable huida. Un arma, una suma estrafalaria de billetes, y dos muertes lo acompañaban a casa. Pero la curva heroica y pecaminosa en la que el día de Victor se había deslizado, no subsanaría aún sin un último riego de sangre.

Los familiares del cansado peregrino lo recibieron sorprendentemente amenos. Dispusieron la cena. Lina se mostró afectuosa con su padre y Male, la nieta mayor, se mantuvo algo distante junto a su novio Pablo. Entre charlas ligeras surgió obviamente lo acontecido con el pichón de al lado; y felizmente, Lina y la madre del chico se estaban mensajeando: Maxi había sido intervenido recibiendo varios puntos pero se repondría sin complicaciones.

Nuestro hombre relató sus andanzas con detalles y hasta exhibió el revólver frente al tal Pablo. Un clima errático se había encargado del día; lloviznita por acá y por allá, sol, repentinas ráfagas, cualquiera diría que todas las estaciones se habían amuchado anárquicamente durante la jornada. Y así fue que la tardecita feneció precedida por un furioso amarillo que se adueñó del cielo en su totalidad; y aquél brillo melancólico entrante rastreó los ojos del cansado Victor que miraba por el ventiluz.

Unos momentos más tarde, el inquieto abuelo insistió en dejarle una parte del botín a Male, pero la joven atravesaba una remota crisis de la cual el viejo era considerado un presunto artífice; y entonces, la muchacha trató de despachar al abuelo con su dinero de turbia procedencia. La discusión de estos dos se completó en la cocina y tanto Lina como su yerno, alertados, se pusieron de pie. Malena, crispada como nunca, había puesto sobre el tapete un desgarrador trauma de su infancia, adosándole la plena responsabilidad a Victor. Todo se desencajó de repente entre los consanguíneos. Pero una sombra se presentó tras el viejo, que daba la espalda a la puerta del pasillo de salida a la calle; aquella silueta se transfiguró y el dueño de la perra traspasó el umbral. Victor no alcanzó a girar para atender el ruido y el irritado hombre lo apuñaló a la altura de los riñones.

—¡Tomá, viejo hijo de puta! —largó con ganas el amo del animal. 

Y así, de la nada, el tipo huyó de un salto al mismo tiempo que el acuchillado se precipitaba al suelo. Lina pegó un alarido, Male se congeló en un rincón, y Pablo se apresuró a sacarle el arma a Victor para salir a la caza del agresor. La hija del pobre viejo, con él entre sus brazos, llamó y pidió urgente asistencia médica; él se mordía los labios del dolor, y ahí fue cuando oyeron tres disparos en la calle, habrán pasado tres segundos y otro más los sucumbió. El frenesí acabó con Pablo matando al hombre por la espalda en el medio del asfalto. La trifulca en lo de Don Victor rasgó la mudez nocturna a puros cuetazos. Doctores y policías aterrizaron raudamente, al igual que los vecinos que poblaron las veredas. Sirenas, luces verdes y azules, comunicaciones por radio y groseros murmullos fueron el postre de algunos comensales. Victor salió en camilla y Pablo en la patrulla. Fin de aquel día. Lo de nuestro valiente actor no sería tan grave, saldría airoso en los próximos días.

En la mañana, tendidos en la camilla del policlínico, él y su nieta se reconciliaron oportunamente tras la confusa discordia; algo de vieja data que residía entre los vaivenes parentales. Pero ese reposo fue interrumpido por la inesperada aparición del pichón con su mamá. El chiquito voló a los brazos de su salvador y al fin la felicidad encontró a unos cuantos rostros, incluido el de Lina que aguardaba sumisa junto a la ventana. Victor acarició al pibito que llevaba todo el cuello vendado y le frotó amorosamente la cabellera. A pesar de las circunstancias, el viejo expresó muy complacido su alegría. Progresivamente las visitas partieron y el abuelo se quedó solo con su nieta mirando la televisión que colgaba en la pared. En una de esas, un flash informativo mostraba a una madre destrozada por la muerte de su hijo en un accidente de moto:

—¡A ver, subile! —solicitó Victor muy interesado.

El periodista, junto a la mujer en silla de ruedas, explicaba:  ``El oficial Salinas retiró la suma de dinero del banco y se dirigía a realizar un depósito con el pago de la operación impostergable de su madre...``


Victor se sentó de inmediato en la cama. Male lo miró desentendida.

—Cuidado abuelo, la herida —le dijo.

Este calvo señor no podía creer semejante noticia y encima la confirmación arribó a su consciencia cuando en la pantalla ensartaron una foto del pibe uniformado, el pibe que él había acompañado el día anterior.  El notero reiteraba que si alguien tenía datos del dinero, que llame al número en pantalla. Entonces, nuestro gran amigo, sin sacar los ojos del televisor, le indicó a su confundida nieta que anote:

—¡Dale, copiá eso! ¡Llamá  por favor! —exclamó— ¡Llevales la plata, la que dejé en casa!     

—¿Qué? ¿Cómo? —preguntó Male, mientras sacaba su teléfono celular.

Victor la miró muy seguro e insistió:

—No preguntes, solo hacelo…por favor.

Male lo miró y sus gestos fueron armonizándose, ella comprendió todo. Marcó el número que veía en pantalla y salió de la sala despaciosamente aguardando que le contesten.


lunes, 12 de mayo de 2025

El Mirador de los Cuerpos Fríos

¿Cómo nació este libro? Como he dicho anteriormente, las historias suelen tomar el control. Eso incluye también al tiempo. Algunas historias nacen brevemente, como un cuento, o apenas una frase, una idea.

Particularmente, El mirador de los cuerpos fríos tuvo su gestación allá por 2017, y nació en forma de cuento. Aquel cuento se llamó El paseador solitario. Lo imaginé mientras paseaba a mi perro por la solitaria vereda de una fábrica de autos, aquí en el oeste de Buenos Aires. En aquellas mañanas y tardes de paseo con mi nuevo perro —que ahora ya no es tan nuevo, porque han pasado ocho años— fue que imaginé ese relato. 

Luego, El paseador solitario se desvió hacia un par de novelas que no prosperaron, pero sí dejaron algunas semillas que actualmente recogí para escribir El mirador de los cuerpos fríos.

Esas semillas son ciertos personajes que quedaron dando vueltas en mi conciencia: Efraín, Leo, Fournier y algunos otros. Pero esencialmente, El paseador solitario es lo que hoy ocupa el lugar del capítulo número 4 en El mirador de los cuerpos fríos, un capítulo llamado "Fournier". Todo ese capítulo entero es aquel primer relato. Y en base a él, como si fuera un árbol, despegaron unas cuantas ramas con diversas historias.

Recién hoy, ocho años después, El mirador de los cuerpos fríos cobró su forma con más fuerza. Nacieron nuevos personajes, y otra historia atravesó aquel relato, dándole forma ahora a una novela breve. Se combinó aquel cuento con un sueño que tuve hace un par de meses, sobre tres chicos que ingresaban a robar un lugar. A partir de ese sueño, cuando me desperté, hice lo que hago muchas veces como hombre que escribe e imagina: me senté a continuar ese sueño en la vigilia. Así nacieron Carmen, Bruno y Elías. A estos tres les dibujé una historia entrelazada con mis viejos personajes, Efraín y Fournier.

De esta manera nació El mirador de los cuerpos fríos, una novela que acabo de publicar y que puedo decir con total soltura que es de lo mejor que he escrito. Dentro de su brevedad —120 páginas— encierra una gran profundidad, un sólido desarrollo psicológico de los personajes, y tres o cuatro frases que me satisface haber escrito. Frases que me sorprenden y me llenan de esperanza para que lleguen a los ojos de los lectores.

Es un libro profundo, personal y esencialmente espiritual.

Por otro lado, me sirvió para reafirmar la idea de que soy un simple vehículo de lo que se tiene que escribir. Lo noté en medio de la escritura, en el corazón mismo del proceso creativo. Noté el flujo de ideas inabarcables que me brotaban. Como siempre hago a lo largo de la escritura de un libro, me observo a mí mismo, observo mis comportamientos, refuerzo el autoconocimiento y veo mis mejoras de un libro a otro. Así, el camino se vuelve doblemente satisfactorio. No se trata solo de escribir un libro más. Es un proceso personal de cambio, de transformación. De manera que cada libro impulsa un crecimiento personal y espiritual.

Y eso es un gran aporte para mi vida: encontrar la madurez humana a través de la escritura de una historia. La sanación, la catarsis, el encuentro con uno mismo, la evolución.

Por eso, cualquier escritor puede decirlo —algunos lo saben y otros no, pero lo presienten—: escribir es como una droga. Una buena droga, que mantiene el espíritu alerta, atento, en movimiento. Creciendo, aprendiendo, renovando, revitalizando la humanidad, el alma.

La experiencia de escribir El mirador de los cuerpos fríos es la experiencia de mi propia vida: de la calle, de las ausencias, de los abandonos, de las presencias. Esas presencias que no son visibles físicamente, pero que aún nos acompañan. Y, por sobre todo, como fue uno de mis primeros relatos, como buen escritor novato, no hacía más que pensar y analizar la muerte. De manera que la muerte está presente en el libro, con una mirada filosófica, existencial y bastante creativa. Se nota en él una búsqueda de cómo afrontar, mirar, imaginar —y quizá adivinar— la muerte.



¿Dónde comprar este libro?

EN AMAZON⬇️





 

LOS INMEMORABLES: Todo destino es evanescente

Por el Buenos Aires que alguna vez caminaron Alan y su Isla. Podría definir Los Inmemorables como una novela que incluye varios géneros y s...