LA SUERTE DEL PICHÓN
(La fábula urbana)
Los bancos de niebla se tragaban el camino negro. La humedad del amanecer, aún fresca, se arrastraba por las calles cerca de La Noria, y allí, entre los hombres que ya comenzaban a moverse hacia sus trabajos, avanzaba Victor. Su paso era lento, pero firme, como el de quien ha aprendido a caminar con la paciencia de los años. Un septuagenario calvo, con una barba de cuatro días que parecía dibujada con precisión, se iba aproximando a su antiguo barrio, Lomas de Zamora. Desde hacía ocho meses, su vida había quedado confinada en un geriátrico, donde, según su hija, debía pasar sus días entre abuelitos que jugaban a las cartas y contaban historias de otros tiempos. No era que Victor estuviera en malas condiciones, ni mucho menos. Su salud, envidiable para su edad, le permitía andar con la energía de un hombre más joven. Lo que realmente le pesaba no era la soledad, ni la falta de compañía; lo que lo atormentaba era la sensación de haber sido relegado, encerrado en una jaula dorada, un lugar que no tenía nada que ver con su vida de antes, una vida llena de libertad y movimiento. Cada noche, mientras el resto de los ancianos dormían, él trazaba en su mente su fuga, sus planes detallados como si fuera un joven en la clandestinidad. Y un día, al fin, sucedió: cruzó la puerta del asilo sin que casi nadie se diera cuenta. La libertad se sentía como una brisa fresca en su rostro. Pensó en comunicarse con Lina, su hija mayor, o con Ester, la más joven, para explicarles que no era necesario que se preocuparan, que él alquilaría algo por allí, que no necesitaba estar custodiado como un niño. ¿Qué les iba a decir? ¿Que la vida le había otorgado aún más tiempo y que no pensaba desperdiciarlo entre las paredes de un lugar que no podía llamar hogar?
Quizás temía que lo comprendieran demasiado bien, o tal vez no quería que su huida fuera vista como un abandono. Lo cierto es que Victor prefería callar y caminar, sentir el crujir de la tierra bajo sus pies, y por un momento, solo por un momento, recordar lo que era sentirse realmente libre.
Y así, sin más, el viejo pateó confiado para el lado de Lomas; él iba tranquilo catando las miradas esquivas, los empujones de la gente queriendo abordar en los bondis, el humo de las tortillas, los insultos entre automovilistas y todo ese libertinaje absurdo de la metrópoli.
Victor pensaba en el pichón, así había apodado a su ruliento vecinito de cinco años; un crío que le daba mucho más que sus inasibles nietos adolescentes. Por eso Víctor, sintiéndose en retirada, le daba un agudo valor a esa pequeñez y a la inocencia como nadie. Llevar a la plaza al muchachito de la casa lindera, comprarle garrapiñadas, y cosas así, conectaban a Victor con las sensaciones simples de la vida. Él, allá en sus tiempos mozos, fue tambero, carbonero, trabajador golondrina, y también se deslomó en la curtiembre en las afueras de la ciudad. Las idas y venidas más una súbita viudez a los veintinueve años, lo empujaron por otros pagos hasta que se enganchó con una porteña. Y de las siguientes tres décadas, se puede decir que el linaje de Victor se ramificó por casi todo Lomas; tres hijos, uno muerto a los veinticinco años por un accidente con la moto, doce nietos, cinco bisnietos; pero aún así ningún baño caliente podía sacarle el frío de la soledad que lo acompañaba. Hay que resaltar que otra vez la muerte le había arrebatado, en esta ocasión, a su segunda esposa, ya hacía siete años. Aquél evento, desgraciadamente más anunciado que el primero, había dividido las aguas entre los familiares.
Victor caminó bastante, caminó prudente; se sentó en una plaza, se miró las manos como quien examina un recuerdo y allí se templó junto frescor de ese mediodía. Al rato se enchufó un vinito en un bodegón que él conocía bien:
—¿Se da cuenta que no hay más gorriones Don Victor? —le preguntó un borracho mirando hacia la calle.
—Si, si. Lo vengo notando. Hace más de diez años que los fumigaron o…vaya a saber. Las torcazas tampoco se ven tanto ya —hizo una pausa y miró el reloj de la pared—. Lo que pasa mi amigo es que la plaga somos nosotros. Que tenga un buen día.
Victor, conocedor de esos mamados franeleros, puso la guita en el mostrador y se tomó el palo.
Unos minutos después, Victor se encontraba en el centro de Lomas, ya a unas diez cuadras de la casa de Lina. Su paso continuaba marcado por esa lenta cadencia que tan bien lo conocía, como si no tuviera prisa, como si el tiempo le perteneciera. El tráfico era un caos; los autos se amontonaban, los bocinazos se entrelazaban con el rugir de los motores, y la ciudad parecía retener la respiración en medio de su agitación.
Victor, acostumbrado a moverse entre las prisas ajenas, no aceleró su paso, pero se mantuvo alerta, y llegado a una esquina puso la mirada fija en el semáforo en rojo, esperando el momento exacto para cruzar. Fue entonces cuando su vista se desvió hacia la intersección. Un motociclista, impetuoso y cegado por la luz amarilla, aceleró para no perder el paso, y al mismo tiempo, una camioneta que se aproximaba desde el otro lado no logró frenar a tiempo. El impacto fue brutal, un estruendo que pareció paralizar el aire, un choque tan violento que las personas a su alrededor se detuvieron en seco, como si el tiempo hubiera colapsado. El sonido metálico de la colisión retumbó en los oídos de todos, y en un instante, la escena quedó bañada en una especie de quietud, como si el caos momentáneo hubiera dejado a todos atónitos, incapaces de moverse.
Victor, a pesar de su edad, fue el primero en reaccionar. Con paso firme, aunque sin prisa, se acercó al joven tendido en el pavimento. El muchacho estaba inmóvil, su cuerpo estaba contorsionado en un ángulo extraño y tenía los ojos entrecerrados por el dolor. Victor se agachó a su lado, sintiendo la fría humedad del asfalto bajo sus rodillas. Le tocó la frente, fría y húmeda, y le sintió la respiración débil, apenas perceptible. Aquello le hizo sentir un nudo en el estómago. No pudo evitar que una imagen, casi nítida, se le interpusiera en la mente: su hijo Manuel, joven, en la misma postura, muerto en la misma calle años atrás. Su cuerpo se tensó por un segundo, pero rápidamente se obligó a centrarse en el presente.
La gente, temerosa, se agrupaba alrededor, cuchicheando entre sí, pero nadie se atrevía a acercarse más. Victor, sin embargo, no perdió el foco de su atención. Fue cuando vio que el joven, a duras penas, levantó una mano, señalando algo cerca de la moto. Un bolso, que reposaba junto a la rueda del vehículo, estaba allí, visible y olvidado en medio del desastre. Sin que nadie lo notara, Victor, con una rapidez insospechada para su edad, extendió su mano y lo tomó. El bolso estaba entreabierto, y, al mirarlo con más detalle, un par de fajos de billetes verdes se asomaban por el cierre. Un resplandor de dinero, inesperado y sospechoso, lo hizo vacilar solo por un instante. Alzó la vista y encontró que los curiosos no lo veían a él .
En un parpadeo, Victor actuó sin dudar. Sujetó el bolso con firmeza, como si fuera suyo, y, al hacerlo, vio que el joven herido se movió un poco, apenas un espasmo involuntario. Su buzo se levantó por un segundo, y Victor no pudo evitar notar lo que llevaba en la cintura: un revólver, de acero pulido, encajado firmemente en el pantalón del muchacho. El silencio se rompió con la cercanía de la ambulancia, el sonido inconfundible de sus sirenas retumbando cada vez más cerca. En un impulso, Victor se inclinó nuevamente sobre el joven, como si intentara arroparlo, y con un gesto rápido y calculado, deslizó su mano hacia la pistola. Sin que nadie lo viera, la extrajo y la guardó en el bolsillo de su abrigo con la misma calma con la que había tomado el bolso.
El murmullo de la multitud comenzó a crecer, los cuchicheos de la gente se mezclaban con la creciente presencia de los paramédicos. Y la ambulancia frenó bruscamente frente al lugar del accidente.
—¡Pibe, pibe!, ¡Aguantá nene, aguantá!—el muchacho realmente muy mal, con evidentes fracturas en sus piernas y mucha sangre que brotaba desde algún lugar.
Victor supo que tenía que acompañarlo; el pibe lo miraba fijamente cuando los enfermeros lo subían a la camilla, y allí fue cuando resolvió no abandonarlo. Se fueron todos para el hospital.
Una vez internado, el muchacho quedó con un pronóstico reservado y poco esperanzador. Las autoridades del nosocomio intentaron por todos los medios encontrar a los familiares pero no tuvieron suerte. El pibe no portaba documentos ni teléfono. Victor se paseó por los pasillos y los médicos lo consultaban a él y le pedían que no se vaya, que aguarde por un rato más. En el baño, revisó bien el bolso y respiró bastante hondo cuando vio esa pequeña fortuna descansando en su regazo. El fierro no lo sacó, estaba en su bolsillo izquierdo.
Una hora y media después, le pidieron a Victor que se acerque al muchacho. Previamente le comentaron que sus heridas internas eran muy graves y que no se podía hacer demasiado ya.
Así que entró a la terapia, como lo había hecho veinte años antes para ver a Manuel, y notó que el joven lo miraba y lagrimeaba. El muchacho intentaba hablar pero no podía. Victor se sentó junto a él y dejó el bolso en el piso, entre sus pies. Se miraron. El viejo tocó su mano, su frente.
—Quedate tranquilo —le dijo—, que tu botín te lo voy a guardar bien. No seas bola, podés hacer una vida diferente.
El muchacho lo miraba compungido bajo su sedación.
Casi sin proponérselo, Victor le contó algunas historias de cuando él era joven y le habló del significado de la vida, lo alentó. Ahí, junto a la catrera, lo llenó de paz, de redención.
—¡Me quema…!—dijo el pibe bruscamente— Mi mamá…, mamá —y eso fue lo último que balbuceó.
Victor llamó a las enfermeras con un par de gritos, ya no se podía hacer nada. Luego se alejó hacia la puerta muy dolido viendo como inútilmente intentaban reanimarlo. Salió al pasillo y se fue. Lejos de magullarse el alma por lo ocurrido, el viejo apuró el tranco cargando en su hombro derecho el bolso que se había adjudicado; y así, sin renegar de una amarga felicidad, se perdió nuevamente por las callecitas.
Al mismo tiempo que él se trasladaba a lo de su hija, Maxi, el pichón, salía con su madre para lo de su tía. El niño llevaba su oso de peluche favorito bajo el ala. ¿Acaso el azar reuniría a estos dos compañeros de tardes en la plaza?
El aventurero nunca cambió su marcha, y ya en la profundidad de su conocida barriada, se le animó a los empedrados. Enfierrado y con toda la tarasca encima, este caminante se permitió divagar en las opciones de su futuro apremiante. Él iba tejiendo confianza nomás. Y cuando optó por subir al cordón para doblar en una esquina, un alboroto proveniente de ahí a la vuelta, lo turbó enseguida; así que trotó unos pasos para ver que lo sorprendería en la otra calle, y se trataba de algo que sus ojos nunca hubieran querido apreciar: Maxi, el pichón, estaba siendo brutalmente atacado por un perro Pitbull. Su madre lloraba y se desgañitaba pidiendo ayuda. Un hombre intentaba patear al animal. El feroz perro sacudía el cuerpo del pequeño como si fuera un trapo; lo tenía agarrado entre el cuello y el hombro. Victor, inmóvil, se agitó, separó sus manos y se concentró en la demencial secuencia; después hizo unos pasos y se dio cuenta de la sangre en el piso y de la bestialidad con la que el animal masticaba al pobre pichón que ya casi perdía el conocimiento. Entre los gritos de la madre, el hombre, y los vecinos que comenzaban a salir, Victor se enfocó en el blancuzco lomo del perro; luego llevó su mano al bolsillo y no dudó más, sentenció el final de la fortuita desgracia con un disparo certero en la espina del atacante. El perro emitió un gemido y se desplomó hacia el costado. La madre, agobiada, agarró al chico que aún respondía; el hombre, ese que intentaba ayudar, lanzó unos sollozos al cielo y se arrodilló junto al can, allí nuestro héroe supo que era el dueño de la mascota. Se trataba de “Cata” una perra Pitbull blanca de casi 40 kilogramos que se había escapado, y en su raid, el oso de peluche de Maxi había atrapado su atención, ya que esta fiera solía ser entretenida despedazando muñecos que su negligente amo le ofrecía.
En el centro del desmán, Victor otra vez caminó hacia atrás y se dio a la deserción, solo cruzó una mirada con el pichón antes de la irremediable huida. Un arma, una suma estrafalaria de billetes, y dos muertes lo acompañaban a casa. Pero la curva heroica y pecaminosa en la que el día de Victor se había deslizado, no subsanaría aún sin un último riego de sangre.
Los familiares del cansado peregrino lo recibieron sorprendentemente amenos. Dispusieron la cena. Lina se mostró afectuosa con su padre y Male, la nieta mayor, se mantuvo algo distante junto a su novio Pablo. Entre charlas ligeras surgió obviamente lo acontecido con el pichón de al lado; y felizmente, Lina y la madre del chico se estaban mensajeando: Maxi había sido intervenido recibiendo varios puntos pero se repondría sin complicaciones.
Nuestro hombre relató sus andanzas con detalles y hasta exhibió el revólver frente al tal Pablo. Un clima errático se había encargado del día; lloviznita por acá y por allá, sol, repentinas ráfagas, cualquiera diría que todas las estaciones se habían amuchado anárquicamente durante la jornada. Y así fue que la tardecita feneció precedida por un furioso amarillo que se adueñó del cielo en su totalidad; y aquél brillo melancólico entrante rastreó los ojos del cansado Victor que miraba por el ventiluz.
Unos momentos más tarde, el inquieto abuelo insistió en dejarle una parte del botín a Male, pero la joven atravesaba una remota crisis de la cual el viejo era considerado un presunto artífice; y entonces, la muchacha trató de despachar al abuelo con su dinero de turbia procedencia. La discusión de estos dos se completó en la cocina y tanto Lina como su yerno, alertados, se pusieron de pie. Malena, crispada como nunca, había puesto sobre el tapete un desgarrador trauma de su infancia, adosándole la plena responsabilidad a Victor. Todo se desencajó de repente entre los consanguíneos. Pero una sombra se presentó tras el viejo, que daba la espalda a la puerta del pasillo de salida a la calle; aquella silueta se transfiguró y el dueño de la perra traspasó el umbral. Victor no alcanzó a girar para atender el ruido y el irritado hombre lo apuñaló a la altura de los riñones.
—¡Tomá, viejo hijo de puta! —largó con ganas el amo del animal.
Y así, de la nada, el tipo huyó de un salto al mismo tiempo que el acuchillado se precipitaba al suelo. Lina pegó un alarido, Male se congeló en un rincón, y Pablo se apresuró a sacarle el arma a Victor para salir a la caza del agresor. La hija del pobre viejo, con él entre sus brazos, llamó y pidió urgente asistencia médica; él se mordía los labios del dolor, y ahí fue cuando oyeron tres disparos en la calle, habrán pasado tres segundos y otro más los sucumbió. El frenesí acabó con Pablo matando al hombre por la espalda en el medio del asfalto. La trifulca en lo de Don Victor rasgó la mudez nocturna a puros cuetazos. Doctores y policías aterrizaron raudamente, al igual que los vecinos que poblaron las veredas. Sirenas, luces verdes y azules, comunicaciones por radio y groseros murmullos fueron el postre de algunos comensales. Victor salió en camilla y Pablo en la patrulla. Fin de aquel día. Lo de nuestro valiente actor no sería tan grave, saldría airoso en los próximos días.
En la mañana, tendidos en la camilla del policlínico, él y su nieta se reconciliaron oportunamente tras la confusa discordia; algo de vieja data que residía entre los vaivenes parentales. Pero ese reposo fue interrumpido por la inesperada aparición del pichón con su mamá. El chiquito voló a los brazos de su salvador y al fin la felicidad encontró a unos cuantos rostros, incluido el de Lina que aguardaba sumisa junto a la ventana. Victor acarició al pibito que llevaba todo el cuello vendado y le frotó amorosamente la cabellera. A pesar de las circunstancias, el viejo expresó muy complacido su alegría. Progresivamente las visitas partieron y el abuelo se quedó solo con su nieta mirando la televisión que colgaba en la pared. En una de esas, un flash informativo mostraba a una madre destrozada por la muerte de su hijo en un accidente de moto:
—¡A ver, subile! —solicitó Victor muy interesado.
El periodista, junto a la mujer en silla de ruedas, explicaba: ``El oficial Salinas retiró la suma de dinero del banco y se dirigía a realizar un depósito con el pago de la operación impostergable de su madre...``
Victor se sentó de inmediato en la cama. Male lo miró desentendida.
—Cuidado abuelo, la herida —le dijo.
Este calvo señor no podía creer semejante noticia y encima la confirmación arribó a su consciencia cuando en la pantalla ensartaron una foto del pibe uniformado, el pibe que él había acompañado el día anterior. El notero reiteraba que si alguien tenía datos del dinero, que llame al número en pantalla. Entonces, nuestro gran amigo, sin sacar los ojos del televisor, le indicó a su confundida nieta que anote:
—¡Dale, copiá eso! ¡Llamá por favor! —exclamó— ¡Llevales la plata, la que dejé en casa!
—¿Qué? ¿Cómo? —preguntó Male, mientras sacaba su teléfono celular.
Victor la miró muy seguro e insistió:
—No preguntes, solo hacelo…por favor.
Male lo miró y sus gestos fueron armonizándose, ella comprendió todo. Marcó el número que veía en pantalla y salió de la sala despaciosamente aguardando que le contesten.