¿Hemos perdido la capacidad de asombro?
Definitivamente, sí. Es innegable que, en los tiempos que corren, la sociedad está sobreestimulada. Para mí, como escritor, este fenómeno representa un desafío constante, ya que trabajo en la creación de ideas que, con frecuencia, terminan plasmándose en cuentos, relatos breves, extensos o novelas, en cualquiera de las formas que adopta la literatura. Vivir en esta era, donde todo debe condensarse en quince segundos, resulta realmente complejo.
En este siglo hemos presenciado una explosión vertiginosa de la mente humana; todo se ha diversificado y masificado de una manera que asombra —o aterra— si se observa con detenimiento.
Hoy en día, resulta difícil crear una obra de arte que trascienda y de la cual se siga hablando en el siglo XXII. Ningún libro de esta era resistirá el avasallamiento tecnológico que ha mezclado, de manera indiscriminada, tantas cosas. Y no me refiero únicamente a la utilización de la inteligencia artificial para escribir libros, crear contenidos y reemplazar artistas. La tecnología ha sometido a sus propios creadores, y ahora esa maquinaria imparable nos vende un estilo de vida placentero pero fugaz. Hay de todo para todos, en todos los formatos. Y ese exceso es tan perjudicial como la falta de estímulos.
Supongo que alguna vez existió un equilibrio en la gravitación del arte en el mundo. Eso ya se terminó. Finalizó con la llegada de Internet y la hiperconexión.
Así que no vemos entre letras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario