¿Cómo nació este libro? Como he dicho anteriormente, las historias suelen tomar el control. Eso incluye también al tiempo. Algunas historias nacen brevemente, como un cuento, o apenas una frase, una idea.
Particularmente, El mirador de los cuerpos fríos tuvo su gestación allá por 2017, y nació en forma de cuento. Aquel cuento se llamó El paseador solitario. Lo imaginé mientras paseaba a mi perro por la solitaria vereda de una fábrica de autos, aquí en el oeste de Buenos Aires. En aquellas mañanas y tardes de paseo con mi nuevo perro —que ahora ya no es tan nuevo, porque han pasado ocho años— fue que imaginé ese relato.
Luego, El paseador solitario se desvió hacia un par de novelas que no prosperaron, pero sí dejaron algunas semillas que actualmente recogí para escribir El mirador de los cuerpos fríos.
Esas semillas son ciertos personajes que quedaron dando vueltas en mi conciencia: Efraín, Leo, Fournier y algunos otros. Pero esencialmente, El paseador solitario es lo que hoy ocupa el lugar del capítulo número 4 en El mirador de los cuerpos fríos, un capítulo llamado "Fournier". Todo ese capítulo entero es aquel primer relato. Y en base a él, como si fuera un árbol, despegaron unas cuantas ramas con diversas historias.
Recién hoy, ocho años después, El mirador de los cuerpos fríos cobró su forma con más fuerza. Nacieron nuevos personajes, y otra historia atravesó aquel relato, dándole forma ahora a una novela breve. Se combinó aquel cuento con un sueño que tuve hace un par de meses, sobre tres chicos que ingresaban a robar un lugar. A partir de ese sueño, cuando me desperté, hice lo que hago muchas veces como hombre que escribe e imagina: me senté a continuar ese sueño en la vigilia. Así nacieron Carmen, Bruno y Elías. A estos tres les dibujé una historia entrelazada con mis viejos personajes, Efraín y Fournier.
De esta manera nació El mirador de los cuerpos fríos, una novela que acabo de publicar y que puedo decir con total soltura que es de lo mejor que he escrito. Dentro de su brevedad —120 páginas— encierra una gran profundidad, un sólido desarrollo psicológico de los personajes, y tres o cuatro frases que me satisface haber escrito. Frases que me sorprenden y me llenan de esperanza para que lleguen a los ojos de los lectores.
Es un libro profundo, personal y esencialmente espiritual.
Por otro lado, me sirvió para reafirmar la idea de que soy un simple vehículo de lo que se tiene que escribir. Lo noté en medio de la escritura, en el corazón mismo del proceso creativo. Noté el flujo de ideas inabarcables que me brotaban. Como siempre hago a lo largo de la escritura de un libro, me observo a mí mismo, observo mis comportamientos, refuerzo el autoconocimiento y veo mis mejoras de un libro a otro. Así, el camino se vuelve doblemente satisfactorio. No se trata solo de escribir un libro más. Es un proceso personal de cambio, de transformación. De manera que cada libro impulsa un crecimiento personal y espiritual.
Y eso es un gran aporte para mi vida: encontrar la madurez humana a través de la escritura de una historia. La sanación, la catarsis, el encuentro con uno mismo, la evolución.
Por eso, cualquier escritor puede decirlo —algunos lo saben y otros no, pero lo presienten—: escribir es como una droga. Una buena droga, que mantiene el espíritu alerta, atento, en movimiento. Creciendo, aprendiendo, renovando, revitalizando la humanidad, el alma.
La experiencia de escribir El mirador de los cuerpos fríos es la experiencia de mi propia vida: de la calle, de las ausencias, de los abandonos, de las presencias. Esas presencias que no son visibles físicamente, pero que aún nos acompañan. Y, por sobre todo, como fue uno de mis primeros relatos, como buen escritor novato, no hacía más que pensar y analizar la muerte. De manera que la muerte está presente en el libro, con una mirada filosófica, existencial y bastante creativa. Se nota en él una búsqueda de cómo afrontar, mirar, imaginar —y quizá adivinar— la muerte.
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