Ese debate sinsentido sobre si uno se publica solo o si debe esperar el llamado de una editorial pertenece a otra época. A la del escritor novato, temeroso, que envía manuscritos y se arrepiente, que espera ser validado por “alguien” para recién sentirse escritor. Yo ya no vivo ahí.
Si no hubiera tomado la decisión de publicar por mi cuenta en plataformas como Amazon, de buscar lectores, de difundir mi obra por redes sociales y medios virtuales, habría perdido cinco años esperando una aprobación que quizás nunca habría llegado. ¿Y para qué? ¿Para conseguir, en el mejor de los casos, un 5% de regalías por cada librito vendido? No, gracias.
Soy un hombre sencillo con ciertas complejidades. Y con cierta fobia a la autoridad y el control.
Así pues, me satisface haber tomado el camino de la acción. De haberme lanzado a publicar lo que escribo, sin filtros, sin plazos, sin censura, sin esperar permiso. De haber sido absolutamente libre. Por otra parte, el anonimato, o, ser leído por pocos, me mantiene activo y creativo, que no es poca cosa.
Escribir sin permiso
Estos cinco años han sido una aventura intensísima. Los he vivido, casi por completo, dedicados a la literatura. He escrito, desarrollado textos, y explorado todos los formatos posibles: aforismos, reflexiones, novelas cortas, cuentos, microrrelatos, sentencias, poesía… y otros géneros sin nombre que, quizás, me encontraron a mí.
No sé cuánto valor tiene lo que he escrito, pero lo hice sin censura, sin editores, sin fechas de entrega, sin nadie corrigiéndome o limitándome. Lo hice como quien camina por la calle, observa, reflexiona, escribe, aprende, se equivoca, corrige, vuelve a publicar. Lo hice como quien se busca y se encuentra. Como quien defiende la libertad a muerte.
Esa ha sido mi manera de absorber, desarrollar y cultivar mi creatividad: con pasión, con brutalidad, a veces con una violencia emocional que, aunque dura, me permitió acceder a ciertas verdades que de otra manera no habría conocido.
Evolución y obra publicada
Después de ese primer período de cuentos en 2020, 2021 y 2022, donde nació La fábula urbana, llegó El suelo atomizado, que considero mi mejor logro en cuanto a literatura breve. Una miscelánea que resume una etapa completa.
Luego vinieron intentos de novela corta: La bestia Novel y La gente mirando el crepúsculo, obras introspectivas y experimentales que no tuvieron demasiada trascendencia. Pero en octubre de 2024 llegó una transformación personal y espiritual que dio origen a Universos condensados (obra que me dio la sensación de que se escribió sola, que me utilizó solo como un vehículo, y es por eso le tengo el mejor aprecio)
El 2025 fue el año más productivo. Descubrí una disciplina nueva, aunque limitada: no dura más de 40 días. Esa fue mi medida. Por eso nunca escribí novelas de más de 120 páginas, pero sí pude renovar mi disciplina en varios ciclos. Así surgieron algunas novelas cortas en un solo año:
• El mirador de los cuerpos fríos
• La superstición
• Los inmemorables
Estas obras nacieron de un objetivo doble: sí, había una intención comercial, pero también un profundo deseo de no subestimar al lector. Quería ofrecer entretenimiento genuino, pero con profundidad. Y a través de eso, atraer a nuevos lectores hacia mi verdadera especialidad: los cuentos breves, los microrrelatos, los aforismos. Ahí es donde habita mi yo artístico más puro.
Lo que no soy (y quizás nunca seré)
Todavía no ha sucedido —y quizás nunca suceda— esa gran novela de 300 o 400 páginas. No sé cómo escribir algo bueno en tantas páginas. Mi creatividad y disciplina se rinden alrededor de la página 120. Me duele reconocerlo, porque muchos grandes autores han usado esa estrategia: publicar “la gran novela” para que el lector llegue luego a sus cuentos. Pero yo no puedo (ni quiero) escribir 500 páginas de relleno solo para arrastrar a alguien hacia lo que realmente me representa.
Quizás algún día me atraviese una historia tan potente que me obligue a escribir más. Pero hoy, no lo veo factible. La disciplina es un trabajo arduo. Y en la vida, no he sido disciplinado en casi nada. Ser un trabajador del arte es extremadamente difícil. Casi imposible para un ser como yo, que crea de forma espontánea, en papeles sueltos, notas de voz, blogs, archivos en el celular, frases en la palma de la mano...
Conclusión
A pesar de todo eso, me queda una pequeña felicidad: la de haber logrado estos cinco ciclos de disciplina que dieron como resultado cinco novelas cortas, con impacto, con lectores. No son obras maestras, pero son reales, honestas, completas.
Así culmino estos cinco años de trabajo literario. Prósperos, a su manera. Intensos. Completos. Cinco años en los que hice absolutamente todo: escribir, corregir, publicar, difundir, buscar lectores. No hay nada más que pueda pedirme.
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